Durante muchos años, la imagen que la mayoría de personas tenía del autismo estaba basada fundamentalmente en cómo se manifestaba en los niños. Los criterios diagnósticos, las investigaciones y gran parte de la divulgación se construyeron a partir de perfiles predominantemente masculinos.

Sin embargo, en los últimos años hemos empezado a comprender algo importante: muchas niñas y adolescentes autistas pasan desapercibidas.

Algunas son diagnosticadas en la adolescencia. Otras llegan a la edad adulta sin haber recibido nunca una explicación para las dificultades que han experimentado durante años. Y muchas han escuchado repetidamente frases como:

«Es muy tímida.» «Es muy sensible.»

«Siempre ha sido un poco diferente.»

«Le cuesta relacionarse, pero ya madurará.»

Lo que hoy sabemos es que el autismo puede manifestarse de formas muy distintas y que muchas niñas y adolescentes desarrollan estrategias que les permiten adaptarse al entorno sin que sus dificultades sean fácilmente visibles.

¿Por qué tantas niñas y adolescentes pasan desapercibidas?

Investigadoras como Sarah Hendrickx, Laura Hull o Meng-Chuan Lai han mostrado que muchas niñas y adolescentes autistas de alto funcionamiento, presentan características diferentes a las que tradicionalmente se han asociado al autismo.

A menudo observan cuidadosamente a quienes las rodean y aprenden a imitar comportamientos sociales. Estudian cómo hablan los demás, cuándo reírse, cómo mantener una conversación o qué expresiones faciales utilizar.

Este esfuerzo constante por adaptarse recibe el nombre de camuflaje social o masking.

Desde fuera puede parecer que todo va bien. Sin embargo, mantener esa adaptación requiere una enorme cantidad de energía.

Muchas niñas y adolescentes llegan al final del día agotadas, con altos niveles de ansiedad o con la sensación de estar interpretando un papel para encajar.

Como explica Beatriz Sánchez, autora de Pues no se te nota, una de las frases que escuchan con más frecuencia las personas autistas es precisamente esa: «Pues no se te nota.» Y detrás de esa aparente normalidad suele existir un enorme esfuerzo por adaptarse a un entorno que no siempre comprende su manera de percibir el mundo.

Neurodivergencia y una nueva forma de comprender el TEA autismo

En los últimos años nuestra comprensión del autismo ha cambiado profundamente. Durante mucho tiempo predominó una visión bastante limitada, basada principalmente en perfiles masculinos y en formas de autismo más visibles. Esto hizo que muchas niñas, adolescentes y mujeres quedaran fuera del radar de los profesionales y de los propios sistemas diagnósticos.

Hoy sabemos que el autismo es mucho más diverso de lo que se pensaba. Hablamos de un espectro amplio en el que cada persona presenta fortalezas, necesidades y formas de relacionarse con el mundo diferentes.

También ha cobrado fuerza el concepto de neurodivergencia, que propone entender determinadas diferencias neurológicas —como el autismo, el TDAH o algunas formas de altas capacidades— no únicamente desde la perspectiva del déficit, sino también como maneras distintas de procesar la información, relacionarse con el entorno y experimentar el mundo.

Esta mirada no niega las dificultades que pueden existir ni las necesidades de apoyo que algunas personas requieren. Lo que plantea es que la diversidad neurológica forma parte de la diversidad humana y que muchas dificultades aparecen cuando existe una gran distancia entre las características de la persona y las exigencias del entorno.

Gracias a esta evolución en la investigación, hoy comprendemos mejor perfiles que durante años quedaron invisibilizados. Sabemos que muchas niñas y adolescentes autistas desarrollan estrategias de adaptación social, presentan intereses que pueden parecer socialmente aceptados o muestran dificultades más sutiles que las descritas en los modelos clásicos. Todo ello ha contribuido a que numerosos casos pasaran desapercibidos o recibieran otros diagnósticos antes de identificarse el autismo.

Cada vez más profesionales, investigadoras y divulgadoras señalan la importancia de abandonar una visión única del autismo y aprender a reconocer la diversidad de perfiles existentes. Este cambio de mirada está permitiendo que muchas niñas, adolescentes y mujeres encuentren por fin una explicación a experiencias que durante años vivieron con confusión, soledad o sensación de diferencia.

No siempre tienen dificultades para relacionarse

Uno de los mitos más extendidos es que las personas autistas no tienen interés por los demás.

La realidad es mucho más compleja.

Muchas niñas y adolescentes autistas desean tener amigas, participar en grupos y sentirse aceptadas. Lo que ocurre es que a menudo les cuesta comprender determinados códigos sociales implícitos o se sienten desbordadas por la complejidad de las relaciones.

Algunas observan desde la distancia antes de acercarse. Otras tienen una o dos amistades muy intensas en lugar de grupos amplios. Y otras consiguen integrarse aparentemente bien, aunque experimentan una gran sensación de esfuerzo interno para mantener esas relaciones.

No es raro que durante la infancia pasen desapercibidas y que las dificultades se hagan más evidentes en la adolescencia, cuando las relaciones sociales se vuelven más complejas y las expectativas aumentan.

Intereses intensos que no siempre llaman la atención

Cuando pensamos en intereses restringidos solemos imaginar temas muy específicos o poco habituales.

Sin embargo, en muchas niñas y adolescentes autistas los intereses pueden ser socialmente aceptados y pasar completamente desapercibidos.

Animales, lectura, música, series, arte, naturaleza, personajes concretos o determinadas temáticas pueden convertirse en auténticas pasiones.

Lo que marca la diferencia no es tanto el contenido del interés como la intensidad con la que se vive.

A menudo estos intereses proporcionan seguridad, bienestar, disfrute y una manera de organizar emocionalmente el mundo.

Una sensibilidad que muchas veces se malinterpreta

Muchas niñas y adolescentes autistas presentan una sensibilidad sensorial elevada.

Pueden sentirse especialmente afectadas por determinados sonidos, luces, olores, texturas o aglomeraciones. Situaciones que para otras personas resultan normales pueden generar una gran sobrecarga.

Con frecuencia son descritas como «demasiado sensibles» o «exageradas», cuando en realidad su sistema nervioso está procesando mucha más información de la que los demás perciben.

También pueden experimentar las emociones de forma especialmente intensa. Algunas muestran una gran empatía, una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno o una elevada necesidad de justicia.

Durante años se asumió erróneamente que las personas autistas tenían dificultades para la empatía. Hoy sabemos que la realidad es mucho más compleja y que muchas niñas y adolescentes autistas pueden ser extraordinariamente sensibles a las emociones de los demás.

Ansiedad, perfeccionismo y agotamiento emocional

Una de las consecuencias más frecuentes del camuflaje social es el agotamiento.

Muchas niñas y adolescentes aprenden desde pequeñas que deben esforzarse constantemente para encajar, interpretar adecuadamente las situaciones sociales o responder a las expectativas de quienes las rodean.

Con frecuencia desarrollan elevados niveles de autoexigencia y perfeccionismo.

Analizan una y otra vez las conversaciones, se preocupan por haber dicho algo incorrecto, intentan evitar errores sociales y se comparan constantemente con los demás.

Viven con la sensación de que siempre les falta algo para encajar completamente.

No es extraño que lleguen a consulta por ansiedad, baja autoestima, síntomas depresivos, trastornos alimentarios o dificultades emocionales sin que inicialmente se identifique el autismo que existe detrás.

¿Cuándo conviene realizar una valoración?

Es importante recordar que no existe una única forma de ser autista. Cada niña o adolescente es diferente y no todas presentan las mismas características.

Sin embargo, puede ser recomendable consultar con un profesional especializado cuando observamos:

  • Dificultades persistentes en las relaciones sociales.
  • Sensación frecuente de no encajar.
  • Ansiedad social intensa.
  • Necesidad de camuflar o imitar constantemente a los demás.
  • Intereses muy absorbentes.
  • Sensibilidad sensorial significativa.
  • Rigidez ante cambios o imprevistos.
  • Agotamiento emocional tras situaciones sociales.
  • Baja autoestima asociada a sentirse diferente.

Una valoración adecuada no busca colocar etiquetas. Busca comprender mejor las necesidades de la niña o adolescente para poder ofrecerle el apoyo que necesita, favorecer su bienestar y ayudarla a desarrollar una imagen más amable y ajustada de sí misma.

Cuando finalmente reciben un diagnóstico, muchas describen una mezcla de alivio y comprensión. No porque el diagnóstico las defina, sino porque les ayuda a comprender experiencias que habían vivido durante años en soledad.

Poner nombre a lo que ocurre permite dejar de interpretarlo como un fracaso personal y empezar a mirarlo desde la comprensión y el respeto hacia la propia manera de sentir y funcionar.

El objetivo es que puedan crecer sintiéndose comprendidas, aceptadas y valoradas por quienes realmente son. Que desarrollen sus fortalezas, entiendan sus necesidades y construyan una identidad basada en el respeto hacia su propia forma de estar en el mundo.

Y quizás ese sea uno de los cambios más importantes que nos está aportando la investigación actual: pasar de intentar que las personas encajen en un único modelo a aprender a reconocer y valorar la riqueza de la diversidad humana.