Muchas familias llegan a consulta con una preocupación parecida: sienten que ya no saben cómo comunicarse con sus hijos. Las conversaciones que antes surgían de forma espontánea parecen haberse reducido a respuestas breves, silencios o discusiones. Los padres preguntan, intentan interesarse por su día a día o buscan ayudarles cuando tienen un problema, mientras que los adolescentes parecen mostrarse cada vez más reservados o distantes.

Esta situación suele generar frustración en ambas partes. Los padres pueden sentir que están perdiendo el contacto con sus hijos y los adolescentes, por su parte, pueden vivir algunos intentos de comunicación como una invasión de su espacio personal. Sin embargo, antes de interpretar esta distancia como una señal de que algo va mal, conviene recordar que la adolescencia es una etapa de transformación profunda. Durante estos años los jóvenes están construyendo su propia identidad y necesitan encontrar un equilibrio entre la pertenencia a la familia y el desarrollo de su autonomía.

Comprender este proceso no elimina las dificultades, pero nos ayuda a mirar la comunicación desde una perspectiva diferente.

Cuando las preguntas no acercan

Ante la sensación de distancia, muchos padres reaccionan intentando acercarse a través de preguntas. Es una respuesta completamente natural. Queremos saber cómo están, qué les preocupa o si necesitan ayuda. Sin embargo, a menudo ocurre algo paradójico: cuanto más insistimos en obtener información, más se cierran.

Sin darnos cuenta, muchas conversaciones terminan pareciéndose a un interrogatorio:

—¿Qué tal el instituto?

—Bien.

—¿Y qué habéis hecho?

—Nada.

—¿Con quién estabas?

—Con mis amigos.

—¿Y por qué tienes esa cara?

—No me pasa nada.

En ese momento solemos sentir que tenemos que seguir preguntando para entender qué ocurre. Sin embargo, cuanto más presionamos, más probable es que el adolescente se retire emocionalmente de la conversación.

Esto no sucede porque nuestros hijos no nos quieran o porque no valoren nuestro interés. Ocurre porque en esta etapa están intentando construir un espacio propio. Daniel Siegel explica que una de las tareas evolutivas fundamentales de la adolescencia consiste precisamente en desarrollar una identidad diferenciada. Necesitan experimentar que algunas partes de su vida les pertenecen y que pueden gestionarlas por sí mismos.

Por eso, preguntas que desde el cariño pueden parecer completamente normales a veces son vividas por ellos como una sensación de estar siendo observados, evaluados o controlados.

La comunicación suele mejorar cuando dejamos de buscar información y empezamos a mostrar interés. No es exactamente lo mismo preguntar insistentemente qué ha ocurrido durante el día que comentar: «Pareces cansado, hoy ha debido ser un día largo» o «Te noto preocupado, si te apetece hablar aquí estoy». Son formas diferentes de acercarse que transmiten curiosidad y disponibilidad sin exigir una respuesta inmediata.

A menudo los adolescentes hablan más cuando sienten que no estamos intentando sacarles información, sino simplemente estar cerca de ellos.

Escuchar antes que solucionar

Una de las dificultades más habituales en la comunicación con adolescentes aparece cuando intentamos ayudar. Cuando nuestro hijo nos explica un problema, nuestra tendencia natural suele ser ofrecer soluciones. Queremos tranquilizarle, transmitirle nuestra experiencia o ayudarle a encontrar una salida cuanto antes.

Sin embargo, Lisa Damour recuerda que muchas veces los adolescentes no buscan respuestas inmediatas. Lo que necesitan es sentirse escuchados.

Imaginemos que nuestro hijo llega a casa y nos dice que ha discutido con sus amigos o que se ha sentido excluido de un grupo. Nuestra reacción automática suele ser algo parecido a:

«¿Pero qué ha pasado?»  «Seguro que no es para tanto.» «Tendrías que hablar con ellos.» «Ya verás cómo mañana se arregla.»

Son respuestas llenas de buena intención, pero que a veces llegan demasiado rápido.

Cuando un adolescente comparte una preocupación, suele ser más importante sentirse comprendido que recibir consejos. Por eso, antes de buscar soluciones, puede ser más útil responder con frases como:

«Vaya, parece que te ha dolido mucho.» «Debe de haber sido difícil para ti.» «Entiendo que estés enfadado.» «¿Quieres contarme un poco más?»

Cuando dedicamos tiempo a comprender lo que está viviendo, ayudamos a que se sienta acompañado. Y paradójicamente, es precisamente cuando se siente comprendido cuando suele estar más dispuesto a escuchar nuestras opiniones o sugerencias.

La importancia de validar lo que sienten

A menudo confundimos validar con dar la razón. Sin embargo, son cosas muy distintas.

Validar significa reconocer que una emoción tiene sentido desde la experiencia de quien la está viviendo. No implica estar de acuerdo con todo lo que hace nuestro hijo ni justificar determinados comportamientos. Significa transmitirle que entendemos que aquello que le ocurre le está afectando.

Durante la adolescencia las experiencias sociales adquieren una enorme importancia. Un comentario desafortunado, una discusión con un amigo o sentirse excluido de un grupo pueden vivirse con una intensidad que a los adultos nos cuesta recordar.

Cuando respondemos con frases como «no es para tanto», «ya se te pasará» o «tienes que aprender a no darle importancia», solemos hacerlo para ayudar. Sin embargo, muchas veces el mensaje que recibe el adolescente es que aquello que siente no está siendo comprendido.

Por el contrario, expresiones como «entiendo  que esto te haya dolido», «entiendo que estés decepcionado» o «veo que esto es importante para ti» ayudan a reducir la tensión emocional y favorecen la comunicación.

Sentirse comprendido es una necesidad humana básica y durante la adolescencia sigue siendo tan importante como en la infancia.

Elegir el momento adecuado

No todas las conversaciones tienen lugar cuando nosotros queremos.

Muchos padres intentan abordar temas importantes justo después de una discusión, cuando el adolescente está enfadado o cuando ambos están cansados. Sin embargo, los momentos de mayor activación emocional suelen ser los menos adecuados para conversar.

Las conversaciones más significativas acostumbran a aparecer cuando la presión desaparece. Durante un trayecto en coche, mientras paseamos juntos, cocinando, viendo una serie o compartiendo alguna actividad cotidiana.

En esos momentos el adolescente no siente que está siendo analizado ni obligado a hablar. La conversación puede surgir de forma natural y eso facilita que aparezcan pensamientos, emociones o preocupaciones que difícilmente compartiría en otro contexto.

A veces los adolescentes hablan precisamente cuando sienten que no estamos esperando que lo hagan.

Hablar menos para comprender más

A medida que nuestros hijos crecen, nuestra función también cambia. Durante la infancia gran parte de nuestra tarea consiste en enseñar, orientar y proteger. Durante la adolescencia sigue siendo necesario hacerlo, pero también necesitamos aprender a acompañar.

Esto implica tolerar que piensen diferente, que cuestionen nuestras opiniones o que busquen sus propias respuestas. No siempre resulta fácil. Ver cómo toman decisiones distintas a las que nosotros tomaríamos puede generar preocupación e incluso miedo.

Sin embargo, muchas veces la comunicación mejora cuando dejamos de intentar convencer y empezamos a intentar comprender.

Peter Fonagy, a través de sus trabajos sobre mentalización, destaca la importancia de intentar comprender qué ocurre en la mente del otro antes de reaccionar. Preguntarnos qué puede estar sintiendo, necesitando o intentando comunicar nuestro hijo suele ser mucho más útil que centrarnos únicamente en la conducta que observamos.

Educar sin perder el vínculo

La buena comunicación no significa ausencia de límites. Los adolescentes siguen necesitando normas, orientación y acompañamiento. Sin embargo, la forma en que transmitimos esos límites influye enormemente en cómo son recibidos.

Cuando un joven siente que la relación está basada en el respeto y la comprensión, suele percibir las normas como una forma de cuidado. Cuando el vínculo está deteriorado, esas mismas normas pueden vivirse únicamente como control.

Por este motivo, la comunicación con adolescentes no consiste solamente en encontrar las palabras adecuadas. Consiste en construir una relación donde puedan sentirse escuchados, respetados y aceptados incluso cuando existen desacuerdos.

Habrá momentos de tensión, discusiones y conflictos. Forman parte del crecimiento y de la construcción de una identidad propia. Lo importante no es evitar todos los conflictos, sino que la relación sea lo suficientemente sólida para atravesarlos sin perder la conexión.

Porque quizás la cuestión más importante no es cuánto habla nuestro hijo con nosotros.

La verdadera pregunta es si sabe que seguimos estando disponibles cuando necesite hacerlo.